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Motivos de sobra

En la cola del súper, con mis 4 cosas de compra de última hora, me ha tocado esperar. Delante de mí, una madre, su hija y el abuelo de 80 años con audífono. El abuelo sujetaba a la niña, con diversidad funcional, para que no se cayera. Han tardado, mucho, porque el abuelo no estaba muy ágil ni escuchaba bien, y la madre no tenía manos para todo: pagar la compra, sujetar la niña, explicarle al abuelo… Han dividido su compra en dos. La madre ha pagado un parte, el abuelo otra, pero todo ha ido a la misma bolsa.

Al salir, en la puerta del súper, una mujer joven, menor de 30 por su aspecto, sostenía un cartel de cartón escrito a mano con fotos de sus gémelas. Decía algo de “darles una vida mejor”.

A los 100 metros, un chico, de veintitantos supongo, vociferaba por su móvil mientras daba vueltas sobre si mismo sobre un trozo de acera. “Yo trabajar trabajaría por 1 € si fuera necesario, pero mi dignidad…”

No conozco sus historias, la de la madre, su hija y el abuelo con audífono; la de mujer joven y sus gemelas; la del chico vociferando al móvil… Las imagino, e intento recordar desde cuando sucede esto. A lo mejor ha sido siempre así, esas personas siempre han estado ahí y nunca las he visto, al menos en tan corto espacio y tiempo.

¿Por qué la gente se “mete en política” en lugar de ayudar a personas como estas? Tal vez porque es lo mismo, o porque se puede hacer una cosa y la otra; o porque  creen que en lugar de ayudar una a una, lo realmente necesario es cambiar la situación para evitarlo, en la medida de lo posible. No lo sé.

Indignarse es fácil, criticar es sencillo. Llevamos toda la vida haciéndolo. A una vecina, a un árbitro, a un equipo de fútbol… Tenemos tanta práctica… Ir a un bar, criticar algo o a alguien, acabarse la cerveza o el café, e irnos a casa. Mañana será otro día.

Construir, colaborar, eso es mucho más complicado. Requiere sacrificar algunas ideas propias,  pensar de forma diferente a cómo pensábamos. A veces implica relacionarse con gente hasta entonces desconocida, con la que no quedabas en el bar para tomar un café o una cerveza. Nos roba tiempo antes dedicado a otras cosas y a otras personas.

Cambiar las cosas es posible. Ha ocurrido ya, ocurre continuamente. Podemos leerlo en libros de historia, ver fotos de décadas atrás, o la peli de turno. Con el tiempo, todo muda, evoluciona. Pero nunca sucede nada por sí solo, siempre hay personas involucradas, las que pasan a la historia y las que no, anónimas.

Las cosas, el mundo, evoluciona porque algunas personas se esfuerzan por ello. Hay múltiples formas. Cómo consumimos, cómo ahorramos, de qué hablamos con los amigos, a quién votamos…

Las encuestas hablan de una abstención histórica el 25-M, el 60% del censo en España ni siquiera iría a votar. No hablamos de sacrificar tiempo y dinero, sino de ir a votar, sin más. Tal vez estemos todos ciegos, como en aquel libro de Saramago. Tal vez estemos todos ciegos y ni siquiera lo sepamos, porque sólo vemos lo que queremos ver.

Hay motivos de sobra para movilizarse, para sacrificar tiempo y dinero, para ser pesado en las comidas familiares y con los amigos, para lucir camisetas de partidos políticos o movimientos sociales, para hablar subido a una silla, para botar un balón y llamar así la atención de los viandantes, para repartir papelitos con mensaje en las plazas… Hay motivos de sobra para todo lo que pueda hacernos recuperar la vista. Y también, hay motivos de sobra para votar.

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