La muerte anunciada de un Presidente

El Mundo y El País se han aliado para desestabilizar al Partido Popular, al Gobierno y a su Presidente, el de ambos. O eso pensarán los más fieles a Rajoy al ver la letra de Bárcenas y sus anotaciones contables en papel de periódico.

Una buena parte del resto de los españoles somos partidarios de otra idea, la de que en esta historia hay al menos una buena parte de verdad, y el comportamiento del Presidente Rajoy no hace sino acrecentar esas horribles sospechas.

Si a un presidente le relacionan con el cobro de sueldos en B, lo primero que debe hacer es dar la cara, presentarse ante la opinión pública y dar explicaciones.

Si a escena sale la secretaría general del partido (en un intento imposible de separar partido y Gobierno), para negarlo todo, mientras otro miembro del partido -Pío García Escudero- valida al mismo tiempo parte de la historia, empezamos mal.

Si además la secretaría general niega el turno de pregunta al periodista del medio que ha dado la noticia -El País-, en lugar de invitarle a preguntar, seguimos peor.

Y si las 3 soluciones propuestas por la secretaría Cospedal son: auditoría externa (ya en su código de buenas prácticas), declaraciones juradas (ya en su código de buenas prácticas) y “matar al mensajero”, acabamos mucho peor de lo que empezamos.

Si yo me llamara Mariano, me apellidara Rajoy Brey y luciera barba y gafas, hubiera reaccionado de forma bien diferente:

1) En primera persona, como presidente del PP y Presidente del Ejecutivo, me presentaría a la rueda de prensa para negar haber cobrado en sobres o en B.

2) Entregaría en el mismo instante copias de mis declaraciones de la renta desde el año 1990.

3) Entregaría en el mismo momento las cuentas del partido, para escrutinio público y auditoría por parte de la Agencia Tributaria.

4) E invitaría a El País y El Mundo a revisar toda aquella documentación interna que requiriesen, para permitirles así encontrar la verdad corregir la información ya publicada.

Si por contra, como presidente del partido y Presidente del Gobierno acusado de podredumbre y corrupción, Rajoy evita dar explicaciones públicas, pero convoca una reunión extraordinaria de la Ejecutiva del partido 48h después, alguien podría pensar que el objeto de tal reunión es acordar la estrategia para minimizar los daños. Como quien se reúne con sus cómplices para poner en común la historia a contar al juez.

Con este nueva maniobra de evasión, Mariano ha perdido toda credibilidad ante los militantes de su partido y ante la ciudadanía en general. Está políticamente muerto, igual que lo está Rubalcaba, o cualquier otro actor protagonista, cómplice y/o testigo de la historia de la corrupción política española.

Nuestros gobernantes han consentido y/o amparado  durante años a los Correa, Bárcenas y demás calaña de saqueados de la cosa pública, y por ello están socialmente condenados y políticamente muertos.

Con todo, el Presidente no dimitará. Callar y hacer nada le ha funcionado demasiado bien en el pasado. Sin embargo, Rajoy afronta ahora la crónica de una muerte anunciada, cuyo siguiente capítulo contemplaremos el sábado 2 de febrero tras la ejecutiva de su partido de corruptos, con una comparecencia (con o ¿sin? preguntas).

Es el inicio del fin de la transición política española, capítulo N mil ciento y pico, pero esta es la última temporada. Adiós, Mariano, y adiós bipartidismo corrupto, adiós.

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El inicio del fin de la transición política española

Un nuevo escándalo ha sacudido de forma especial la vida política española en los últimos días, ahondando de forma tal vez definitiva en el desapego de la sociedad española hacia sus políticos.

El partido político en el Gobierno, el Partido Popular, ha sido acusado de haber pagado a una parte de su ejecutiva, a su dirección general, con sobres de dinero negro, dinero procedente de “mordidas” y donaciones anóminas, acumulando su gerente y tesorero durante más 20 de años -Luis Bárcenas-, al menos 22 millones de euros en Suíza.

Las declaraciones de los responsables del PP no niegan de forma tajante el pago de sobresueldos en negro durante 25 años, se limitan a afirmar desconocimiento y a comprometer medidas de revisión de la gestión. Sea o no cierto el escándalo, ya nadie se cree sus declaraciones, los políticos españoles actuales han perdido toda credibilidad.

En mi opinión, este nuevo caso de corrupción generalizada supondrá el punto de inflexión definitivo hacia un cambio profundo en el mapa político y la democracia española.

Tras 30 años con dirigentes y partidos políticos provenientes de aquella transición de la dictadura a la democracia, la confianza de la sociedad en los políticos de los 70 y 80 se ha desvanecido. Los partidos tradicionalmente mayoritarios se enfrentan a una incipiente pérdida de relevancia:

El PSOE, por su traición a la izquierda y a su militancia, incapaz de renovar a sus líderes a pesar de los continuos descalabros electorales, en continuo decrecimiento por su incapacidad para dar respuesta a la corriente neoliberal imperante en Europa.

El PP, gracias a su incontestable victoria en las Elecciones Generables, había podido evitar las discrepancias y peleas internas, pero se ve ahogado ahora por la corrupción estructural de su organización, la cual resultará en una purga parcial de su ejecutiva. Y por otro lado, el nuevo escándalo apuntala la legitimidad de la contestanción social, producida ante la destrucción del estado de bienestar para favorecer intereses privados.

El bipartidismo PPSOE no se desvanecerá electoralmente, pero se enfrenta a su ocaso. Como organizaciones inmovilistas, dispuestas a desangrarse hasta la muerte antes de admitir el error, los partidos tradicionalmente mayoritarios continuarán perdiendo la confianza de la sociedad, y sufrirán las correspondientes consecuencias electorales. Y tras la debacle no de uno sino de ambos partidos, cambiarán los líderes. Y entonces se pondrá el fin real a la nunca completada transición política española.

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Las promesas rotas en política: sin culpa ni castigo

Tras la publicación en el BOE de la tan ansiada reforma laboral, cualquier usuario de Internet habrá podido tirar de hemeroteca digital para comprobar la falta absoluta de valor del programa y las promesas pre-electorales del partido en el Gobierno.

La subida de impuestos y el abaratamiento del coste del despido no aparecían en el programa electoral del PP, y fueron medidas descartadas durante meses en numerosas declaraciones públicas por cargos destacados del Gobierno.

Se demuestra así que el programa electoral es una herramienta inservible, cientos de páginas de circunloquios y vacuidades. Y las palabras de las declaraciones pre-electorales se las lleva el viento. No hay promesas ni compromisos, sólo palabras de nulo valor.

Con respecto a la subida de impuestos, el Gobierno utilizó la manida excusa de haberse encontrado con la sorpresa de un déficit mucho mayor del previsto (8,3% en lugar de 6%); como si el déficit fuera algo que uno se encuentra como se encuentra un grano, cana o arruga una mañana cualquiera ante el espejo.

Daba igual que el citado desvío fuera en su mayor parte debido a las autonomías (75% del mismo), y daba igual que unas muchas hubieran estado gobernadas por el PP durante años y otras pocas durante “sólo” 6 meses. La evidencia demuestra que los presidentes de las CCAA se relacionan con su gobierno central como el Gobierno con los ciudadanos y votantes: sin culpa ni castigo.

Si nos referimos al abaratamiento del despido, simplemente no hay excusas con las que culpar al anterior Ejecutivo, sino excusas sin más. Y aquí no pasa nada. Aún con culpa (por supuesto, ni reconocida ni entonada), tampoco hay castigo.

En un País tan acostumbrado al olvido, más que una Ley de Memoria Histórica, sería necesaria una Ley de Promesas Cumplidas, obligando a los diferentes partidos a incluir al menos un par de folios de compromisos -cualitativos y cuantitativos- dentro de sus preciosos programas electorales, con más de 200 páginas repletas de palabras vacías adornadas con retratos sonríentes.

¿Cuándo la palabra en boca de un político tendrá valor, y faltar a ella su debida y estipulada consecuencia? Cuando uno es ya mayor para faltar a su palabra, debe serlo también para aceptar las consecuencias.

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De Zapatero a Rubalcaba, primaria involución democrática

En julio del 2000, el ex-presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero accedía a la Secretaría General del PSOE, tras un 35 congreso federal donde se impuso por sorpresa, y escaso margen (9 votos), a José Bono y otras 2 candidatas (Matilde Fernández y Rosa Díez).

Zapatero inició aquel “cambio tranquilo” tras la debacle de unas elecciones generales, en las cuales el PP obtuvo una amplia mayoría absoluta de la mano de Jose María Aznar. Con ello, los delegados socialistas otorgaban el liderazgo a un militante poco conocido para el gran público, en contra de la inercia y la opinión de los barones regionales del partido. Ganó las elecciones generales en 2004 y 2008.

En abril de 2011, tras confirmar su largamente esperada renuncia a optar a un tercer mandato, el anuncio de primarias se truncó con la renuncia de Carme Chacón, entre lágrimas, a favor de Rubalcaba, para “salvaguardar la unidad  del partido”.

Pocos meses después, la mayor debacle del PSOE en unas elecciones generales, forzaba a re-abrir el proceso de primarias para elegir un nuevo secretario general y, presumiblemente, candidato socialista a la presidencia del gobierno. De nuevo, sólo Rubalcaba y Chacón se postulaban y el primero, de forma ajustada (22 votos), se llevaba el gato al agua. Y hasta aquí el (no tan) breve resumen de historia.

Y a partir de aquí las preguntas y la opinión: ¿Cómo es posible que, basado en la experiencia, la debacle no implique necesariamente la reconstrucción? ¿Cómo es posible que, tras asistir a la aceptación social del movimiento 15-M y otros similares en todo el mundo, unas primarias sigan reducidas al voto secreto de 900 y pico delegados?

En primer lugar, si ante un desastre electoral mayor incluso que el del 2000, un partido no intenta repetir el éxito innegable de un cambio radical de líder/es, significa que la inercia y el status-quo se imponen sobre la heurística. El ego de los individuos ante la sabiduría invisible del colectivo.

En segundo lugar, los principales partidos políticos españoles (PSOE, PP, …) siguen desconectados de la sociedad, porque su propia organización interna se basa en superados esquemas de democracia representativa y repartos de ego y poder. Si no cuenta ni escuchan a su militancia de forma directa, ¿cómo podrían atender a la ciudadanía sino a través de interfaces tamizados por lobbies de opinión y poder?

No todo es ceguera, pero sí es un mal extendido. Dentro del propio PSOE, el movimiento “Bases en Red” exigía el sufragio universal para la elección del secretario general socialista, y el desconocido candidable Antonio Quero afirmaba: “el futuro de la democracia es la democracia participativa y deliberativa, en complemento de la representativa”.

Las primarias del PSOE han supuesto una involución de las primarias y de la democria española. Lo han sido tanto por no atender a éxitos pasados y confíar en los culpables del desastre para diseñar el futuro, como por seguir necesitando interaccionar con unos pocos cientos representando a cientos de miles, o millones.

El sistema está roto. Si los partidos mayoritarios no desean ni son capaces de evolucionar su democracia interna, los nuevos partidos deberán medrar para llevar el progresismo también a los sistemas de elección y representación. Necesitamos sumar la democracia participativa a la democracia española, o seguirá siendo una democracia en minúsculas.

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